¿Que puedo hacer por la paz?.. — A Musing
Esta reflexión se escribe en el marco de la «Cátedra de Historia Política de Colombia», un esfuerzo del Área de Formación Humanística de la Universidad de Nariño.
Aporte personal al punto «Participación política: Apertura democrática para construir la paz»
Cómo quizá a muchos otros, me sorprende de un manera cómica y trágica el concepto de “paz negativa”; la ausencia de conflicto me resulta caricaturesca, más perteneciente la esfera de la ficción que a la realidad. Un momento ejerciendo la suspensión de increencia me lleva a un escenario fantástico, una especie de evolución de la especie al estilo de «Chilhood’s End»: un mundo en el que sus habitantes hayan trascendido no solo sus necesidades e impulsos fisiológicos, también su personalidad, identidad e individualidad. No hay conflicto porque no hay necesidades, no hay conflicto porque no hay diferencias, no hay conflicto porque no hay con quien tenerlo: todos son uno, una unidad trascendente y autosuficiente.
Basta con realizar un ejercicio consciente de reconocimiento de la realidad para darnos cuenta de que—al menos en las condiciones que son conocidas y dadas por naturales a este autor—la ausencia de conflicto no es algo que se presente de manera total y definitiva. Las personas deseamos, necesitamos, buscamos… entramos en conflictos de intereses, de opiniones… aun declarando una causa común o un interés compartido, no es difícil ver cómo podemos resultar en conflicto por cuestiones de método, técnica, o preferencias estilísticas. El hecho de que, con recursos limitados se pretenda satisfacer necesidades ilimitadas (cómo lo postula la economía), nos pone en un escenario en donde las interacciones de competencia son entendibles (no por ello ideales), y el conflicto, necesario—entendiendo el conflicto como la dinámica de una interacción entre dos partes con distintas motivaciones, intereses, objetivos…
A este respecto, me resulta interesante una mención de Alfonso Insuasty y Eulalia Borja: «nuestras sociedades requieren de mayores y mejores conflictos, en tanto la naturaleza del ser humano es de por si conflictiva, de lo que se trata es de tramitar dichos conflictos sin tener que eliminar "al otro".» Dejando de lado la intención de aseverar sobre la naturaleza humana, el postulado de necesidad de mayores y mejores conflictos da pié para pensar en los requisitos de una paz positiva, una paz que no elimine al otro. Mayores conflictos, tanto en el número y extensión de los ámbitos que abarcan como en el número de actores involucrados; mejores conflictos, a través del uso de mejores métodos, planeación, documentación y estrategias.
A ojo de buen cubero, el acuerdo se presenta como una sucesión de puntos, una lista de tareas; pero más aún como una propuesta orgánica, que se construye cómo un todo y en donde la realización de cada punto posibilita y se posibilita con el cumplimiento de los demás. Pero el documento también nutre y se nutre de una visión de la realidad, una posibilidad de paz dentro de un país concreto, Colombia, y a través de énfasis concretos—los puntos.
Entrados en materia de «participación política: Apertura democrática para construir la paz», puedo pensar mi aporte como una integración a dicho modelo orgánico de dinámicas transformadoras de la realidad. Cómo profesional en formación en el ámbito de la docencia de Lenguas extranjeras (Inglés - Francés) mi área por definición es la educación. A pesar de que, en general, los puntos del acuerdo se alimentan bien de aportes desde la educación y proponen un desafío a los educadores hacia una visión coherente y más completa de la realidad (presente y futura), el punto de la participación política demanda como condición sine qua non una adecuada formación, una cultura del dialogo y la escucha, y unos espacios propicios para el debate civilizado, la discusión crítica, la documentación seria, la investigación profunda…
Sin educación, la participación política se estanca, y se encuentra amenazada de caer en una triste parodia de sí misma: caudillismo, demagogia, violencias que van desde prejuicios, actitudes discriminatorias y derogatorias, posturas epistémicas cerriles y fanáticas… hasta actos concretos de violencia verbal o física. La educación posibilita la formación de actores capaces de asumir las tareas de la discusión y la participación en modos que garanticen la paz dentro de estas dinámicas. La educación nos brinda herramientas para construir una identidad y pensamiento desde los cuales aportar al ejercicio político, y también unas herramientas y estilos que faciliten que dichos aportes se realicen sin recurrir a la violencia.
El exterminio de la Unión Patriótica se presenta como un precedente histórico a cualquier nuevo esfuerzo por realizar una apertura democrática. Constituir un partido político no basta para garantizar la participación, donde no existen garantías—ni siquiera la mínima garantía de la vida—es imposible hablar de participación, imposible siquiera hablar de política como un ejercicio democrático.
Puede que la educación no se interponga como barrera física al fuego de un arma, y sirva de poco para detener la realidad sensible de un disparo, pero este mecanismo de conflicto no violento genera escenarios donde las diferencias pueden tramitarse sin necesidad de eliminar al interlocutor. La educación posibilita que las personas expongamos nuestras ideas en un ambiente donde no se nos imponga la fatalidad como castigo a la divergencia y donde la construcción del pensamiento no se ve cesada ni limitada por imposición de un poder arbitrario.
El trabajo que aguarda es arduo y no se debería pensar en un abordaje individual o a corto plazo… la labor continúa en el tiempo y a través de los distintos escenarios, dentro y fuera de la institucionalidad. Educar para la participación política implica también ejercicios de “desaprender” y reestructurar el pensamiento. Es una labor que no termina y que depende de la realidad externa a ella, no todo se da dentro de un esfuerzo formal de educación, pero todo se puede—y se debe, en la medida de lo razonable—tener en cuenta a la hora de educar.
Desde mi posición como docente, estudiante y ciudadano, mi aporte es la invitación y la disposición al diálogo, al aprendizaje colaborativo, a la reflexión crítica. Abrir el corazón y la mente para acoger las ideas del otro y ofrecer las propias en un ambiente cálido y honesto, que permita participar en lo cotidiano, para posibilitar la participación en las esferas de la vida política que puedan ir más allá.


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